Cuento para amar


Soy un árbol

Yo, al principio, era muy pequeño, era una semilla.

Al hacerme mayor, como es natural, ¡Me convertí en una planta!. Con el tronco más duro que el de una rosa, con las raíces más fuertes que las del trigo. ¡Era un vegetal cualquiera!. Más delgado que una ceiba, más esbelto que la encima, más alto que un árbol de navidad. ¡Era un árbol cualquiera!.

Lo más bonito que tenía eran las hojas, que me servían para respirar y para limpiar el aire. Las hojas eran pequeñas en mis yemas, abundantes en mi capa y verdes siempre. Cada vez mi peso crecía, pasaba el tiempo y me iba haciendo mayor, hasta que un día descubrí que a mi lado había ¡Una arbola!.

¡Yo quería ir con ella!, pero los árboles no podemos movernos porque las únicas plantas que se mueven son las plantas de los pies. Como no podía moverme, le mandaba recados con los insectos, con los pájaros y con el viento.

Gracias a eso nacieron más árboles. Habíamos formado un bosque, y éramos felices con el búho, con los conejos, los zorros, los hongos, la hierba y los enanitos de blanca nieves, que de vez en cuando venían a hacernos visitas (en particular, ésta parte es la más gay del relato, pero para que se vea linda la coloco, ¡Que romántico!, continuemos); a los hombres les gusta mucho el bosque: la sombra, la hierba fresca, las puestas del sol…

Pero también les gusta beber refrescos, fumar, cazar, leer el periódico… Un día vino un hombre y dijo:

¡Esto es mío!.

Y coloco un cartel. Puso unas vayas y vendió el bosque.

Porque aquél era un hombre al que le gustaba más beber refrescos, fumar, cazar y leer el periódico que la sombra, los animales, la hierba fresca y las puestas del sol.

Yo fui el ultimo en caer. A mi lado estaban: mi hijo, de 180 años; mi hija de 100 años; mi nieto de cuarenta años y mi nieta de veinte y cinco años. Y mi arbola, que, como alguna de las mujeres no querían decir su edad. (de nuevo en particular, éste árbol era un tirón coñito de madre, pero por amor lo coloco, ¡Que lindo es tener una familia!, continuemos).

Me llevaron a un almacén de maderas.

– ¡Los pinos a la aserradora!,

– ¡El nogal para la ebanista!,

– ¡La encina para astillas!,

– ¡El roble para el carpintero!,

– ¿Y ese alto y delgado?,

– ¡Para el postal del telégrafo!.

A los otros les convirtieron en muchas cosas. Yo me quedé solo en medio del campo, aburrido, desnudo, viendo como pasaban los días. Vino el verano otra vez. Y llovió, y salió el sol… Y llovió y salió el sol. Los árboles nos alimentamos por la raíz, sobre todo cuando llueve, y a mí debía quedarme un pedacito de raíz, porque empecé a alimentarme… Y un día…

El tiempo siguió avanzando y paso un día, otro día y otro día. Una semana, otra semana, otra semana. Un mes, otro mes, otro mes…

Y allí, a mí lado, estaba ¡Mí arbola!, y ahora estamos esperando que empiecen a venir los pájaros, los insectos, las ardillas, los topos, los conejos, los hongos… y los enanitos de blanca nieves.

Fin.

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