La carretera de los años


Por la puerta del sol

La carretera de los años

Por Amanda N. de Victoria

Amandavictoria2003@yahoo.com

 

Aunque no pueda ver el camino lejano ni el final de mis días, aún permanezco en el ahora que me brinda la oportunidad de seguir caminando hacia delante. Lo que importa en la vida no es la suma de los años que marca el calendario, sino haber empleado el ardor de ésta eligiendo y creando las circunstancias que determinan nuestro destino.

Somos dueños de nuestra propia elección, el producto de lo que descubrimos, aprendimos y dimos a lo largo de la existencia. Sólo quien vive a fondo de verdad puede entender por qué la lluvia es salud en el desierto y para el alma es una bendición poder llorar, por qué el agua del río es dulce en su recorrido y se va haciendo salada a medida que se adentra en el mar, igual por qué al final de la existencia se van mezclando la dulzuras y los llantos y por último podemos entender por qué la debilidad de la flor deshoja el viento, igual por qué al final, somos tan frágiles y nos enfermamos tanto ante el leve soplo de la brisa.

Transcurrimos la existencia entre regresos y ausencias, breves o definitivas. Al ausente le queda la esperanza del recuerdo; más allá o más acá el cielo se viste de azul después de la tormenta, adornando por el iris y en la lontananza, guardados quedan para siempre los rayos del paraíso en que una vez vivimos. Dios es insondable y complejo; quien lo busca, siempre lo halla en todo.

Todo tiene un principio y un final del que nadie escapa; la vida es una tarea que cada uno tiene de ser; la clave está en saber aprovechar el momento y el lugar del ahora. Somos ilusión, ideal, disfrute, un sueño, un pensamiento y fragancia que dura lo que dura el abrir y cerrar de los ojos del sol al unísono del tic tac del reloj, que en su eterno girar nos recuerda que el tiempo apremia, avanza y no se detiene.

Somos eso que se palpa en la Divina Comedia de Dante:

Infierno, purgatorio y cielo, soberbia, codicia y lujuria, elevación y decadencia, unas veces terrible, otras dulce, cordial, amistoso, en ocasiones ángeles, en otras demonios que se incendian de odio y soberbia, en unos la corriente de su río es plácida, en otros ruge una fiera bajo cuyas fauces mortales yace la agonía de otros. La Ilíada de Homero muestra las flébiles victorias del hombre, las pasiones, sus debilidades, sus odios y sangrientas derrotas, lo dulce del amor y la ternura, los sentimientos puros, los anhelos y amarguras de la naturaleza humana y debilidad de su cuerpo y espíritu.

Todos llevamos una cruz a cuestas; creemos que la nuestra es la más pesada. En su infinita misericordia Dios sólo permite que llevemos la que podemos cargar, la que nos corresponde y merecemos. Elegimos con nuestros actos el laurel más tierno, la espina punzante o la más fragante flor.

La vida se nos va recorriendo caminos, vivimos poco, nos cansamos mucho, somos aprendices de las más altas ternuras, las más fieras pasiones y odios; y si no hemos logrado la riqueza, el poder y la fama, a veces se nos premia con salud, armonía, paz, tranquilidad  y amor. Los días y las noches van pasando en el calendario que no medimos nosotros, ni controlamos; nos lo miden y controlan las circunstancias y el inexorable destino.

Saber vivir es elevarse por encima de los errores y fracasos con decisión y voluntad, no importa que se tenga sesenta, setenta u ochenta. Para Deepak Chopra la mayoría de las reacciones son ecos del pasado, porque se ha dejado de vivir en el presente. “El mayor obstáculo en la vida es la espera que se aferra al mañana y deja pasar el presente. Planeamos lo que está en manos del destino y desaprovechamos lo que está en nuestras propias manos. Todo lo que ha de llegar a la vida de cada uno es incierto, más no olvidemos que más temprano que tarde llega…”. (Séneca).

No me entristezco porque este día de cumpleaños se vaya. Esta noche mi paisaje plateará el paso de mi luna de junio; Tomaré el camino de siempre e iré a esperar el brillo del alba para pulir con su calor y amor mi carretera llena de años y alegrías…

Porque formo parte de los Asomados en la ventana del vendaval, poema que me compusiera hace años don Marco Antonio Faillace: Seguiré asomada; porque así somos los asomados al olvido, puro viento; asomados en donde ya se pierde uno en sí mismo. Asomados como pepa de sol, brillosos, alumbrados, cálidos, ladrantes y la luna el amante anacoreta, ermitaño de antípoda íntima.

Así llegamos los asomados hasta las puertas del tiempo a buscar relojes y ajustar manecillas, a cantar óperas primas del corazón, a no irrigar absurdos, a recoger odios y alzar la vista al cosmos que mide el iris de la eternidad y con pupila lúcida de las estrellas. A ser sol que vive cerca, calor del padre amoroso, luz de la madre apasionada y la sonriente centella amable, con todo el lustral que retiene.

Así son los asomados ancestrales maestros de ensueño, huidizos vientos a la vera de la metrópoli, porque en la ruta nadie saber de esos que en el tragaluz cotizan su propio temporal…

Porque hoy la vida es el vendaval de la ventana, mañana el de las cenizas, seguiré tratando de descifrar la mudez del cielo y el paso del tiempo, recorriendo el sendero que Dios me señaló.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Relato dedicado a conocidos y desconocidos para que a pesar de las adversidades de la vida recuerdes que siempre hay una brecha que recorta el camino, mientras la cruzas te haces fuerte para que cuando vuelvas hayas aprendido que lo que no mata fortalece.

 

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