Vicereine Stfeir Ascensi


¿Es humano aquel que respira y bombea sangre con su corazón latiente? ¿Es una condición que tenemos por el hecho de nacer en esta especie? Y si fuere así, entonces alguien puede renunciar a esa condición y seguir perteneciendo a la misma raza. Bueno, por un tiempo.

El destino se escribe con Sangre

Por: Vicereine Stfeir Ascensi

El último suspiro es el que se recuerda

 

Déjame observar el nuevo mundo,

el de colores subversivos; sus estrellas

tan lejanas como el día que perecí.

 

Pareciera que a ésta hora nada importa,

lo que amaste se vuelve lo que odias

y lo que detestas ahora atesoras.

 

¿Quién puede sino yo sentir lo que es la nada?

Porque ahora vivo la muerte y veo sus manos,

que no son sino las mías y las tuyas,

que no son sino el espejo de nuestras almas.

 

Ahora parece tan extraño, ahora es todo tan lejano

como un rayo que ilumina el cielo, se pierde y olvida.

Cada día es diferente, un nuevo comienzo

un nuevo pensamiento, un inicio totalmente.

 

Al borde del abismo me doy cuenta

que el destino es extrañamente sabio,

porque en consecuencia son sólo nuestros actos,

el destino se escribe en cada paso.

Pero este camino de sangre está manchado,

que brota, fluye, arrastra y sacia

un instinto de algo que alguna vez

pudo haber sido llamado “humano”.

1

La mejor y la peor forma de decir Adiós.

¿Qué es lo más cruel que has hecho o dicho a las personas que más amas? Lo cierto es que después de hacerlo la paz te acompaña y abandona de forma tan súbita como el mismo aire que se respira.

“No vuelvo a salir con ustedes”. Y tristemente eso se cumplió.

Recuerdo que aquel primer lunes de febrero fue desde el principio, diferente. De eso le echaba la culpa a mi hermano Jonathan, quien estudiaba en Rusia ingeniería aeronáutica y a quien ayer le habíamos dejado en el aeropuerto para que viajara de regreso al país de los zares. Aunque nos llevábamos siete años de diferencia, convivíamos muy bien a tal grado de que nos considerábamos mejores amigos. Él tenía 24 años y yo cumpliría los 18 en agosto.

Si bien habíamos dejado a Jonathan en Veracruz, a mi padre se le había ocurrido “pasar a visitar” a la familia que vivía a unas 4 horas más al norte, en Poza Rica. Pero todo se complicó cuando el sencillo viaje que habíamos hecho se prolongó por el mal tiempo porque justamente esa tarde cuando pensábamos volver, un huracán tocó tierra en el estado, cerrando carreteras y todas mis esperanzas de regresar. De modo que tuvimos que dormir en ese lugar y al día siguiente partir muy temprano.

Así que abrumada por la idea de que dejaría de ver otro largo tiempo a mi único hermano y estar atrapada sin poder hacer nada, esa mañana desperté sintiéndome mal.

Como el plan original era ir y regresar, yo no llevaba más ropa que la que traía puesta así que tuve que bañarme y ponerme la misma ropa, lo que terminó por ponerme de malas.

Mi mamá llevaba mudas extras -suyas y de mi papá- en una pequeña maleta, tal vez por precavida o porque ya conocía cómo era él de impulsivo y suponía que esto pasaría. Pero a mí me regañó diciéndome que ya estaba grande, que me había dicho que empacara algo -lo cual sigo sin recordar- y que era mi problema.

— ¡No vuelvo a salir con ustedes! —solté de repente.

Ella sólo me lanzó una mirada furtiva mientras yo salía de la habitación.

— ¿Alejandra, a dónde vas? —Me dijo, haciendo que me detuviera—. Repítelo. —Y llamó a mi papá.

Me quedé callada y sentí cómo de golpe un sentimiento abrasador quemaba mi garganta.

— Repítelo. —Insistió mi madre.

Pero no pude hacerlo y mi cobarde orgullo me abandonó, haciendo que de inmediato mis lágrimas brotaran.

— Ya, vete a bañar. —Finalizó mi padre con un tono tranquilo.

Luego de desayunar, nos despedimos de todos y el viaje de regreso transcurrió normal. Mi mamá quizá sabía que en el fondo yo tenía algo de razón, incluso ella a veces opinaba lo mismo por las cosas que ocurrían por mi padre. Nunca revisaba el coche antes de salir, o iba reparándolo en el camino, o bien, algo iba fallando… Era típico de papá pasar a la refaccionaria a medio viaje, abrir el cofre y meterle mano al auto. No obstante, supongo que lo que le dolió realmente era el hecho de que ya no era una niña; en menos de un año me iría a la universidad y como Jonathan, llegaría el momento en que ya no estaría con ellos.

Las lluvias habían ocasionado estragos en las principales carreteras, inundándolas y destruyendo todo lo que hubiera al paso. En el camino íbamos observando las casas destruidas y los pocos cultivos perdidos. Realmente me dolió ver a esas personas que perdieron todo.

Como la noche anterior no había podido conciliar bien el sueño y sin ninguna alternativa que hacer en el auto, me dispuse a dormir. Mentalmente calculé que nos haríamos unas ocho horas de camino a causa del clima; comenzaba a llover de nuevo. Nosotros vivíamos en el sur del estado de Veracruz, en una pequeña y tranquila ciudad llamada Agua Dulce. Con los retrasos y todo, habíamos salido de Poza Rica cerca de las dos de la tarde así que como a las diez de la noche estaríamos por fin en casa.

Me puse los audífonos, dejando el reproductor en aleatorio y apenas cerré los ojos, me quedé dormida.

Soñé algo extraño. Era de noche y yo estaba huyendo de varias personas que me perseguían. De repente me quedé sola; ya nadie me seguía. Pero algo frente a mí me llamó la atención: un joven que estaba vestido inmaculadamente de negro y sentado en el pasto cruzado de piernas. La poca piel que se veía de sus manos y cuello era blanca, muy blanca.

— Es hora de que te vayas, antes de que yo vaya por ti.

Desperté de súbito. Repasé el sueño mentalmente un par de veces, recordando todos los detalles, menos su rostro. Por fin me incorporé, adolorida por el cinturón de seguridad y mi papá dijo con ánimo:

— Ahh… La floja ya se levantó.

Mis padres comenzaron a reírse y yo con ellos. Aún traía los audífonos puestos y bajé la mirada para cambiar de canción, pero por alguna razón, levanté de nuevo los ojos y miré a mis padres por última vez.

La noche había caído y la lluvia era cerrada. La carretera era de dos carriles por sentido, pero uno de ellos estaba inundado así que los coches tenían que transitar en doble sentido por el carril libre. Nosotros íbamos bien, pero un coche que venía en dirección contraria, intentó rebasar a otro, encontrándose de frente con nosotros.

Fue el maldito segundo exacto. El instante en que mi padre había acelerado. El momento en que la lluvia arreció. Fue el maldito segundo exacto en el que pasábamos por una curva, a lado de un barranco.

Todo fue demasiado rápido y a la vez, tan desgarrador. Porque desde el instante del choque, presentí nuestro destino. A pesar de su gran estabilidad, el Grand Marquis rojo de mis padres en el que viajábamos derrapó después del impacto frontal. Giramos descontroladamente hacia la curva y salimos del camino, precipitándonos por el desfiladero hasta unos nueve o diez metros abajo.

Por fin el coche se detuvo, pero éste era más una masa de fierros retorcidos que el auto que una vez fue. Sentía mucho dolor en la cabeza y algo espeso y húmedo resbalaba por mi frente. Mis padres no se movían. Mi vista era nublada pero alcancé a observar a mi papá sobre el volante y a mi mamá inclinada hacia él, de frente a mi pues ella se había soltado el cinturón y girado para tratar de protegerme.

Mi alrededor se fue desvaneciendo y en el fondo del abismo, atrapada y herida, con el último aliento decidí pronunciar unas palabras. Tenía que decidir entre “perdón” o “los amo”.

Los hijos somos ingratos a veces, pero los padres tienen un gran corazón.

— Los amo. —Susurré.

Luego de eso todo se volvió profundamente oscuro. Literalmente.

La mejor y la peor forma de decir adiós: aquella en la cual piensas que nos volveremos a ver y simplemente jamás ocurrirá.

2

Desperté poco a poco; primero abandoné la oscuridad de mis sueños y después abrí los ojos con dificultad. Tenía frío por el aire acondicionado y de repente traté de incorporarme como no sabiendo quién era o dónde estaba. No pude mover las manos, porque estaban conectadas a un sinfín de agujas y tubos que alimentaban mi cuerpo con suero y sangre. La habitación estaba iluminada y, asustada por el terrible estado en el que me encontraba (es que nunca había estado en un hospital internada) y no sabiendo qué ocurría, comencé a gritar.

El murmullo leve se convirtió en un rugido ensordecedor; cuando llegaron las enfermeras y el doctor, me encontraron alterada y temerosa arrancándome los  tubos y agujas de las venas para salir corriendo de ahí.

— ¿Qué ocurre aquí? —dijo el doctor mientras trataba de tranquilizarme.

— ¿Qué hago aquí? ¿Y mis padres? ¡Dónde están! —exigí.

— Calma, calma; no te quites eso porque te harás más daño.

— ¿Daño? ¡Al demonio conmigo! Maldita sea ¿Dónde están? —grité. Me llevé las manos a la cara y miré de nuevo a esas extrañas personas y al hombre de la bata blanca—. Sólo quiero saber algo.

El doctor dio un paso atrás como temeroso de la furia que yo podría desatar.

— ¿Están vivos? Por favor dígame que están vivos —dulcifiqué el tono de voz y añadí— Por favor…

De nada sirvieron las súplicas ya que me dejaron ahí sola y temerosa, cuando de repente, se abrió la puerta de nuevo; pensé que eran mis padres que me venían a ver después de haber estado gritando por ellos mas sólo observé una mano larga y blanca que se deslizaba hasta el apagador de luz. La habitación quedó a oscuras y  la puerta se abrió mostrando la blanca luz del pasillo en el cuarto oscuro, mientras alguien caminaba hacia mí. Era muy parecido a aquella sombra que había soñado, aquel ser que me salvó y advirtió en mis sueños. Era hombre sin duda. ¿Pero qué hacía ahí aquel misterioso ser? ¿Quién era? ¿Por qué en mi habitación, si nunca lo había visto? ¿O será que iba a morir y era un cura que venía a darme el adiós? No lo sabía; el tipo se dirigió con paso lento hacia mí y se sentó en la cama, a mi lado.

— ¿Quién es usted?  —repliqué al extraño. Mi voz delataba el miedo pero a la vez la intriga. Aunque dentro de mí había algo más, una extraña sensación de paz o seguridad—. ¿Acaso eres la muerte? —pregunté en mi delirio.

— Soy la muerte pero no quien tú crees. —su voz sonaba diferente, era profunda y juvenil, pero no normal.

— Dime ¿sabes algo de mis padres?

— Sí, sé algo de ellos —dijo—  te diré lo que los doctores no quisieron decirte.

— ¡Dilo! ¡Habla por favor!—. Mis ojos se abrieron como para querer ver ese rostro en la más profunda oscuridad. Lo único que veía de él era la silueta y la  capa negra que lo rodeaba; estaba todo de negro y entre la oscuridad y mi borrosa visión, no le podía ver el rostro.

— Está bien —asintió— Ellos… Ellos fallecieron.

— ¡No! ¡No! ¡NO! —comencé a llorar mientras me decía a mi misma que eso no podía ser posible, ¿Por qué? Ellos habrían podido salir del automóvil, yo quedé en la encrucijada de metal—. ¡Yo debía morir! —grité—. Dime, quien quiera que seas, ¿cómo es que yo me pude salvar?

— Lo que pasa es que yo te salvé —lo dijo con la cabeza dirigida hacia a un lado— yo te salvé —repitió dirigiendo los ojos, que no puede ver con claridad pero centellaron (lo cual en ese instante no razoné que era imposible) y que sentí observándome directamente.

— ¿Tú?

— Sí. Ellos estaban muy heridos pero no pudieron sacarte de ahí y fallecieron casi al instante.

— Y tú ¿Cómo pudiste sacarme de ahí? —insistí. Me acerqué a él, su complexión era la de un joven y tendría unos 18 o 19 años.

Él se acomodó lentamente en el borde de la cama hasta quedar de frente a mí, pasé una mano por su cara y al  notar la frialdad y el excesivo brillo que reflejaba de las pocas luces de los aparatos, traté de darle la espalda pero me detuvo con sus fríos brazos.

— ¿Me tienes miedo? —preguntó con una voz hipnótica, suave y clara.

— No lo se. Eres un desconocido que me ha salvado, pero eres… extraño. No puedo verte, no es así como actuaría alguien que salva a otra persona. Déjame verte el rostro.

— ¿Para agradecer? —preguntó con incertidumbre.

— No. Por curiosidad, porque siento que te he visto antes, me eres familiar. Realmente —le pregunté con gran intriga pero también con odio— ¿Por qué me dejaste vivir?

— Yo… tan sólo te saqué de la masa en donde estabas atrapada y te subí a la carretera, estabas en grave peligro. Si no te hubiera llevado arriba, habrías muerto. En ese momento no sabía si querías morir o no, pero notaba que inconsciente luchabas por tu vida… —Se levantó de la cama y se colocó la capa cubriendo su cabeza y prosiguió— Una vez arriba llegó la ambulancia que te llevó al hospital; cuando bajaron a rescatar a tus padres ya habían muerto. Si hubieses quedado abajo, al no recibir ayuda, habrías perecido. Sólo sentí tu voluntad de vivir. Aunque, a decir verdad, te di algo, que sin eso no habrías llegado viva aquí.

Lancé un leve gemido pero no pude pronunciar nada, no tenía palabra alguna que decir.

— Me voy —murmuró mientras se inclinaba hacia mí. Por último me dio un beso en la frente con sus helados labios y pude sentir el leve roce de algo frío en mi piel.

— Espera, ¿quién eres? Y ¿qué hacías aquel instante en la carretera? ¿Dónde puedo encontrarte? Dime algo de ti, pareces más un fantasma, eres demasiado anónimo.

— Oh, pequeña; digamos que… el destino me colocó ahí y en cuanto a quién soy, mi nombre es Ian. —Dio una pausa mientras se levantaba— Ale, no te salve para que me lo debas, ni para ser un héroe. Mucho menos para redimirme. Y de nada te sirve saber cómo me llamo.

— Ian —murmuré en voz baja para mí—. Ian —Repetí suavemente, como si dicha palabra fuese nueva para mí o produjera un cambio en el ambiente.

No seguí hablando, quedé sumida en un silencio devorador mientras no dejaba de pensar en la noticia. <<No pueden haberme dejado sola>>. Cerré los ojos y escuché el sonido del cerrar de la puerta; quedó el cuarto a oscuras. Se había ido y me intrigó que me llamara por mi nombre, sin embargo no le di importancia, por mi estado en ese momento. ¿Qué de raro tenía todo lo demás? Estaba viva, y eso, ya era lo más extraño de todo.

Me acosté en la blanca cama y me hice un ovillo, tenía aún impregnada la sensación de sus frías manos en las mías y del beso en la frente. La froté suavemente como si pudiese pasar la sensación a mis dedos y se escurrieron unas lágrimas que rodaron por las mejillas tal como sucedía cuando la lluvia mojaba mi cara.

Recordé en esos instantes en los que, cuando era pequeña, salía al jardín de la casa mientras llovía y luego mi madre acudía a mi lado para después llevarme de nuevo adentro entre sus brazos.

Aún no sabiendo nada de mi visitante, salvo su nombre, deseaba volver a verle. Tenía muchas preguntas por hacerle ya que no tenía todas las respuestas aclaradas.

La puerta se volvió a abrir,así como la ensoñación de mis pensamientos y recuerdos creyendo que era Ian otra vez, pero observé que se trataba tan sólo de una enfermera. Prendió la luz, se acercó y, mientras me cambiaba el suero, comentó que era bueno que ya estuviera más tranquila. Reí muy sarcásticamente y al momento cambié a la mirada más dura y afligida que pudiese tener.

— ¿Tranquila? ¡Por Dios! ¿Acaso no ves que estoy aturdida y tengo una gran lucha en mi interior? Sí; ya sé la verdad, ¡Ya sé que mis padres murieron!

— ¿Quién te dijo eso? —preguntó alarmada la enfermera.

— La persona que acaba de entrar a verme, él fue quien me dijo lo que ninguno de ustedes, insensatos, pudieron decirme.

— Pero nadie ha venido a verte —replicó— nadie ha entrado a esta sección del hospital mas que los doctores y enfermeras que atendemos a los pacientes.

Hubo silencio y de repente exclamó:

— Tal vez lo alucinaste.

— ¡No! Fue real, me dijo su nombre: Ian.

— No; seguro lo soñaste —replicó.

— ¿Y cómo pude saber la noticia?

— Bueno… puede que lo hayas presentido y en tu subcons….

— ¡Pero me dio todos los detalles! —Interrumpí su teoría—. ¡Era real! Y su piel, la pálida piel de sus manos y rostro frío, eran reales. Él me salvó, él me sacó del auto retorcido y me llevó hasta arriba.

— ¡Dios mío! —Exclamó la pobre muchacha—. Pero es que… Nadie te salvó.

— ¿Eh?

— Alguien llamó, una voz masculina informó del accidente y la ubicación y después sólo colgó. Cuando la ambulancia llegó, tú estabas fuera  y todos pensaron que habías salido del auto y que habías llegado hasta ahí tú sola.

— No, yo no subí. Fue él quien me salvó. —Dije desconcertada—. No puedo recordarlo bien, pero no fui yo. Estaba despierta cuando caímos al barranco, me encontraba completamente atrapada y el dolor comenzó a dominarme. Sin embargo no fue así y él vino a verme. Él me lo dijo.

Se hizo la señal de la cruz y me di cuenta de que era religiosa por el escapulario que sobresalía en la bata blanca. Yo, otrora católica, ya había hecho mi bautizo, mi comunión y confirmación pero en esos momentos dude al cien por ciento de mi fe y de Dios —si es que existía o, al menos, me escuchaba— y lo único que hice al contemplar aquella escena fue echarme a reír a carcajadas del recurso que usaba —como si eso la fuera a proteger de quien sabe qué— con todas esas cosas que eran  inservibles y de un Dios que me abandonó o que me mandó una prueba de “amor y fe” en donde lo que demostró con eso fue que dejé de creer en que algo según iba a proteger mi sacrosanta y miserable vida. Y sobre todo, lo único que consiguió la miserable religiosa, fue espantarse más por mis risotadas.

— Es que nadie te ha venido a ver. No hay visitas a esta hora y sobre todo no hay autorización en esta zona del hospital. ¡Es imposible! ¿Sabes qué hora es? ¡Son las 3 de la mañana! En todo caso se habría identificado pero ni siquiera, si es que alguien te salvó, se esperó a que llegara la ambulancia. —Se tapó los ojos con ambas manos— No, no puede ser, es que eso no es real.

— Sí lo es —dije largamente levantando las cejas y apretando los dientes mientras trataba de recuperarme del siniestro ataque de risa de hace un momento—. ¿Qué? ¡Ah! Seguro piensas que fue el mismísimo demonio, ¿no? —repliqué casi instantáneamente.

La muchacha se acercó lentamente hacia mí; en eso sacó un rosario de su bolsa y un crucifijo, al parecer, de barro y llegué a pensar que en ese momento lo iba a sostener entre sus manos y me lo pondría enfrente esperando a que aquél “espíritu malévolo” me abandonase. Sin embargo puso el crucifijo en la mesita de a lado y el rosario en mi cuello,

Aún no sé por qué lo hice —pero entiéndanme— me encontraba en un estado de choque y en un repentino movimiento arrojé el rosario al suelo y estrellé el crucifijo en la pared; la muchacha, atónita, lanzó un gemido y me miró a los ojos, observando mi mirada llena de odio y retrocedió sollozando hacia la puerta sin darme la espalda y, cuando chocó con ésta, buscó la perilla de la puerta a tientas con sus manos sin dejar de verme. Cuando al fin la tuvo en sus manos la giró con un movimiento muy veloz y desapareció de mi vista rápidamente, como si para ella estar un momento más ahí le hubiese hecho perder la razón, su fe o incluso la vida.

Al quedarme de nuevo a solas me invadió una sensación de culpabilidad, ¡Ah claro! Ya la culpa después del hecho y resolví que era mejor, para mi ya no tan sano juicio, no sentirme mal por la fanática. Al fin y al cabo era su culpa ¿no? y aunque no lo fuera me hice creer a mí misma que lo era y me volví a sumir en recuerdos, en pensamientos y en vagas reflexiones, empezando a sentir que toda la alegría que había sentido en mis escasos 17 años se iba al demonio.

De repente sentí como si no pudiera respirar y comencé a ahogarme. La máquina que monitoreaba mi vida lanzó una señal de alarma mientras me desamayaba.

Recuerdo que soñé con lo que le decía a la enfermera, pero desde otro ángulo, algo así como un cuento conocido de navidad, en el que yo me vi diciendo y haciendo todo aquello a la enfermera… La verdad me asombré, no me reconocí, no acepté que ese ser monstruoso, egoísta y cruel fuera yo. Dentro de mi alma puede que haya querido implorar una oración a Dios pero mi orgullo y rencor en su contra por haberme dejado sola en el mundo fueron suficientes para terminar de aceptar a mi nuevo yo.

— Sí; si hubo un cambio es mi destino —me decía a mí misma.

En ese sueño reflexivo, pero duro, me di cuenta que ahora no dejaría ni una marca de lo que era antes, ni lo poco ingenua, ni lo poco noble que era y que ahora se enfrentarían, a lo que jamás se imaginaron los mortales, a un cambio radical.

Más oscuridad rodeó mis pensamientos y la mente se me quedó en blanco, o mejor dicho en negro, porque no había pensamiento coherente alguno dentro de mí y pronto ese letargo se convirtió en un mar sin sentido, sin rumbo ni destino. Y me prolongué en ese mar indefinidamente.

Cuando por fin desperté, dos días después, el dolor me regresó a la realidad. Cada parte de mi cuerpo estaba herida, o al menos eso sentía, pero para mí el dolor más fuerte no era el físico, sino el golpe rítmico de mi pecho que me anunciaba “Estás viva y estás sola”. Mi estado era delicado. Canalizada en ambas manos, con mascarilla de oxígeno, perforaciones en el abdomen y un gran golpe en la cabeza. Y qué decir de todas las contusiones en mis extremidades.

De un momento a otro me vi observando embelesadamente la bolsa de sangre, se me hizo, no sé… ¿atractiva? El color rojo brillante y el monótono goteo por el tubo hasta mi vena eran hipnotizantes. Me habría gustado sacudir la cabeza y tomar un profundo respiro, pero lo único libre que tenía era la mirada así que cerré lo ojos, cambiando de dirección. Observé alrededor y distinguí restos del crucifijo que había hecho añicos contra la pared; dibujé en mi rostro una malévola sonrisa y de instante a otro me interrogué sobre cómo acaso Ian me salvó o qué tan grave me estaba yo. Había quedado inconsciente dentro del auto, según Ian, pero no entendí por qué era tan urgente que él me hubiera sacado, ¿Pude haberme quedado más tiempo ahí? ¿O en serio necesitaba atención médica? Sin embargo, él me dijo que me había dado algo y que sin eso no habría llegado viva. ¿Tan mal estaba? Mejor me hubiera dejado morir…

Pero una idea no muy clara paseaba en mi mente…sangre ¿sangre? Sí… era borroso, flashes de imágenes… el auto retorcido, mi cuerpo herido, una sombra y algo que parecía líquido… ¿Qué era acaso? ¿Habría muerto desangrada? ¿Qué me dio Ian para “sobrevivir”?… ¿Sangre?

Y de repente me encontré llorando desconsoladamente, de la manera más cruel y limitada que me era posible, teniendo aquellos deseos de encontrar alguien a mi lado y sentirme como si nada hubiera pasado. Pero aquello era imposible, el cambio estaba dado; el corazón y la mente se me habían salido de control y mi cara era un río de lágrimas.

Escuché el ruido de la perilla y giré la mirada en dirección a la puerta. Reconocí que ayer había sacado mi odio con la primera persona que entró, después de que supe la verdad; ahora tenía miedo de pensar que la escena pudiese repetirse.

Un doctor entró y se acercó a mi cama, observando los indicadores vitales de las máquinas y comparándolos con un expediente.

Me sentí extraña, como si todo lo que había sido  mi vida  hubiese caído en un abismo y fuese imposible rescatarla. Ya no era igual y sabía que por más que tratara de ser dulce, alegre y bondadosa la soledad y la tristeza me acabarían por dentro; entonces ¿para qué fingir? ¿por qué no mejor no intentar fingir y lastimarme menos? Y, aunque lastimara a los demás, ellos nunca se habían preocupado por mí ¿por qué yo sí? Y me recriminé el lado bondadoso de amar a los demás aunque me maldigan y apuñalen por la espalda.

— Si tu cuerpo reacciona bien como hasta ahora, dentro de poco podrás irte a casa. Pero por lo pronto te atenderá una psicóloga. —Comentó mientras me quitaba la mascarilla de la boca.

Horas más tarde la puerta se abrió enérgica.

— ¡Hola! —dijo una voz alegre y crecientemente irritadora.

No contesté, me limité a echarle una mirada indiferente y desdeñosa de arriba hacia abajo…

Portaba un conjunto sastre de color gris y un portafolio negro; ella era alta, peinada en una coleta de cabello castaño y maquillada ligeramente; parecía recién egresada. Su rostro era todavía joven y radiante que a cualquiera se habría contagiado de su alegría con sólo mirarla. Pero a mí no.

— Vamos sonríe —continúo la psicóloga —me llamo Mercedes  ¿y tú?

— Alejandra —contesté sencillamente.

Se veía que mi interlocutora iba armada de paciencia, misma que yo pretendía desarmar.

—Ya me contó el doctor lo que hiciste anoche —dijo con un tono de voz realmente estúpido, como una cancioncita.

— ¿Apoco? —Contesté sarcástica con el mismo tono y cambié a uno indiferente y aburrido— ¿Y?

—Vengo aquí para ayud…

—No; gracias —interrumpí fríamente y restándole importancia al asunto.

Me miró y le dirigí la mirada levantando las cejas y abriendo más los ojos, a la vez que hacía una mueca de sonrisa malévola que mostraba a Mercedes mi indisposición.

—Mira, sé que estás pasando por problemas y que te duele mucho todo esto, pero puedes superarlo.

— Claro… —Y me acomodé en pose de disponerme a dormir.

— ¡Pero te estás haciendo daño!

— Aja… —Le dije indiferente, aún con los ojos cerrados.

— Estoy segura que podrás volver a sentirte bien dentro de poco.

— ¿En serio? —Abrí los ojos de golpe, arqueando las cejas para dramatizar el tono  sarcástico.

De repente se dio cuenta del jueguito que estaba haciendo y me reclamó:

— ¿Por qué lo haces?

— ¿Hacer qué?

— ¡Deja de jugar!

— ¿Quién? ¿Yo?

— Sí, tú. ¿Quién más?

— No es un juego…

— ¿Y Qué es entonces?

Y al instante empecé a reírme cruelmente de la confusión de la muchacha, notando la angustia en su cara, aunque admito seriamente que el juego que yo estaba llevabando a cabo era realmente estúpido. La chica suspiró.

— A ver… Ayer dijiste que alguien había venido a verte en la noche y que esa persona te había rescatado, lo cual no es cierto. —Dijo seria.

— Dime ¿Quién llamó? Era una voz de hombre. —Le respondí en breve.

— Cálmate, pudo ser cualquier conductor que pasó por ahí.

— Sí y sola iba a salir de una encrucijada de metal. —Arremetí con sarcasmo—. Alcancé a ver a mis padres, ellos recibieron todo el golpe, la parte delantera del auto simplemente no tenía forma y se había unido con la parte de atrás. Estaba atrapada.

— Está bien… —Dijo tratando de reponerse del ataque—. Veo que te afectó demasiado, lo entiendo. Estás en una etapa postraumática, es normal que no recuerdes nada, ni siquiera que luchaste para salir del auto, así que tu mente te hace imaginar que alguien te salvó e incluso que hasta te vino a visitar y eso se debe principalmente a la pérdida de personas muy cercanas e importantes para ti, a quienes estás tratando de reemplazar con personas imaginarias.

No debió decir eso, me exasperó que no me creyeran —o que me pensaran que me estaba volviendo loca— por lo que estallé hecha una furia.

— ¡No estoy tratando nada! Son ustedes quienes no escuchan la verdad. —Dije mientras hacía un ademán señalándome la cabeza con los dedos—. ¿Qué piensa? ¿Que con su palabrerío voy a sacar una sonrisa? ¿O espera a que me eche a sus brazos a llorar? Todo se acabó, no cambiaré ¿Y sabe por qué? Porque quiero ser así, me gusta ser así. Que el mundo entienda que soy lo que quiero, no lo que pretendo y si no les gusta… ni me importa. Al fin y al cabo terminamos muriéndonos, regresamos al polvo y seremos testigos de los mismos sufrimientos y congojas, lamentándonos por vivir siempre lo mismo y nunca otra cosa. —Y hablé aún más fuerte—. Si no me creen, déjenme en paz. Si estoy loca, si estoy traumada, si estoy en lo cierto o si no, quiero decidir y hacer lo que quiero,  no lo que debo; quiero estar sola, quiero pensar y no ser molestada. Ninguno de ustedes se va a encargar de mi, tú regresarás a tu casa pero imagínate regresar y no encontrar a nadie, haber perdido todo demasiado rápido y demasiado joven… —A estas alturas yo ya estaba llorando de nuevo—. Imagínate no haber podido hacer nada, y todas las cosas que quedaron pendientes, todos los logros sin ver, las alegrías que compartir y las tristezas que enfrentar. Ayer tenía unos padres y ahora tengo un par de lápidas ¡Frías como mi retorcido corazón! —Grité la última frase con todas mis fuerzas y con el mismo tono desgarrador terminé de decir— Sólo quiero estar sola y pensar en lo que me importa: ¡En mí!

En mis ojos había una mirada que no reflejaba la necesidad de ayuda si no de dejarme en paz o quien necesitase ayuda sería la otra persona.

Sonó la puerta cerrarse, la sesión había terminado. Desapareció sin aquella sonrisa, como cuando había llegado, y quedó en su lugar un rostro acongojado y quebradizo, quebradizo como la vida, que es una hoja seca más en la inmensidad del viento.

Al día siguiente me dieron de alta; tras cerrarse la puerta del hospital a mis espaldas, el horizonte me amenazaba con una nueva vida.

Derechos Reservados.

http://vicereinestfeir.wordpress.com/2011/03/21/el-destino-se-escribe-con-sangre/

 

 

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