¡No leer!


Ignacio Larrañaga

 

Al caminar por los viejos senderos del hombre, he quedado sorprendido, más aun, asombrado, al comprobar cómo sufren las gentes día y noche, jóvenes y adultos, ricos y pobres. Me duele el corazón. Llevo años buscando y enseñando (¿Cómo llamarlo, terapia?) para sacar a hombres y mujeres de los pozos profundos en los que están sumergidos. He recorrido tiempo y distancias buscando recetas para enseñar al hombre a enjugar lágrimas, extraer espinas, ahuyentar sombras, liberarse de las agonías y, en fin, llevar a cada puerta un vaso de alegría. ¿Cabe oficio más urgente sobre el planeta?

 

¡Sufrir a manos llenas, he aquí el misterio de la existencia humana! Sufrimiento que, por cierto, nadie ha deseado, ni invocado, ni convocado, pero que está ahí, como una sombra maldita, a nuestro lado. ¿Cuándo se ausentara? Cuando el hombre mismo se ausente; solo entonces.

 

¿Qué hacer con él entre tanto? ¿Cómo eliminarlo o, al menos, mitigarlo? ¿Cómo sublimarlo? ¿Cómo transformarlo en amigo, o, al menos, en hermano? He aquí el problema fundamental de la humanidad.

  1. Comenzando por la casa

 

Se dice: mientras haya a mi lado quien sufra, yo no tengo derecho a pensar en mi felicidad.

 

Estas palabras suenan muy bien, pero son falaces. Tienen una apariencia de verdad; pero, en el fondo, son erróneas.

A la primera observación del misterio humano, saltaran a nuestros ojos una serie de evidencias como estas: los amados aman. Solo los amados aman. Los amados no pueden dejar de amar.

 

Solo los libres liberan, y los libres liberan siempre. Un pedagogo modelo de madurez y estabilidad hace de sus discípulos seres estables y maduros, y eso sin necesidad de muchas palabras. Lo mismo sucede con los padres respecto a sus hijos. Y, por el contrario, un pedagogo inseguro e inhibido, aunque tenga todos los pergaminos doctorales, acaba envolviendo a sus discípulos en un halo de inseguridad.

 

Los que sufren hacen sufrir. Los fracasados necesitan molestar y lanzar sus dardos contra los que triunfan. Los resentidos inundan de resentimiento su entorno vital. Solo se sienten felices cuando pueden constatar que todo anda mal, que todos fracasaron. El fracaso de los demás es un alivio para sus propios fracasos; y se compensan de sus frustraciones alegrándose de los fracasos ajenos y esparciendo a los cuatro vientos noticias negativas, muchas veces tergiversadas y siempre magnificadas. Una persona frustrada es verdaderamente temible.

 

Los sembradores de conflictos, en la familia o en el trabajo, siendo perpetuamente espina y fuego para los demás, lo son porque están en eterno conflicto consigo mismos. No aceptan a nadie porque no se aceptan a sí mismos. Siembran divisiones y odio a su alrededor porque se odian a sí mismos.

 

Es tiempo perdido y pura utopía el preocuparse por hacer felices a los demás si nosotros mismos no lo somos; si nuestra trastienda está llena de escombros, llamas y agonías. Hay que comenzar, pues, por uno mismo.

 

Solo haremos felices a los demás en la medida en que nosotros lo seamos. La única manera de amar realmente al prójimo es reconciliándonos con nosotros mismos, aceptándonos y amándonos serenamente. No debe olvidarse que el ideal bíblico se sintetiza en “amar al prójimo como a sí mismo”. La medida es, pues, uno mismo; y cronológicamente es uno mismo antes que el prójimo. Ya constituye un altísimo ideal el llegar a preocuparse por el otro tanto como uno se preocupa por sí mismo. Hay que comenzar, pues, por uno mismo.

 

Al respecto, no faltaran quienes arguyan alegremente: eso es egoísmo. Afirmar esto, sin mayores matizaciones, no deja de ser una superficialidad. Evidentemente, no estamos propiciando un hedonismo egocéntrico cerrado. Si así fuera, estaríamos frente a un enorme equivoco, que podría resultarnos una trampa mortal.

 

Efectivamente, buscarse a sí mismo, sin otro objetivo que el de ser feliz, equivaldría a encerrarse en el estrecho círculo de un seno materno. Si alguien busca exclusiva y desordenadamente su propia felicidad, haciendo de ella la finalidad última de su existencia, esta fatalmente destinado a la muerte, como Narciso; y muerte significa soledad, esterilidad, vacio, tristeza. En sus últimas instancias, el egoísmo avanza siempre acompañado e iluminado por resplandores trágicos; egoísmo es igual a  muerte, es decir, el egoísmo acaba siempre en vacio y desolación.

 

Estamos hablando, pues, de otra cosa. En este libro nos proponemos dejar al hombre en tales condiciones que se vea verdaderamente capaz de amar; y solo lo será – volvemos  a repetirlo- en la medida en que el mismo sea feliz.

 

ser feliz quiere decir, concretamente, sufrir menos. En la medida en que se secan las fuentes de sufrimiento, el corazón comienza a llenarse de gozo y libertad. Y sentirse vivo ya constituye, sin más, una pequeña embriaguez; pero el sufrimiento acaba bloqueando esa embriaguez.

 

Después de todo, no queda otra disyuntiva sino esta: agonizar o vivir. El sufrimiento hace agonizar al hombre.

 

Eliminando el sufrimiento, el ser humano, automáticamente, recomienza a vivir, a gozar de aquella dicha que llamamos vida. En la medida en que el hombre consiga arrancar las raíces de las penas y dolores, sube el termómetro de la embriaguez y del gozo vital. Vivir, sin más, ya es ser feliz.

 

Si conseguimos que la gente viva, la fuerza expansiva de ese gozo vital lanzara al hombre hacia sus semejantes con esplendores de primavera y compromisos concretos.

 

Vámonos, pues, lenta pero firmemente tras esa antorcha. En el camino salvaremos los escollos uno por uno, y caerán las escamas. Y, desde la noche, ira emergiendo palmo a palmo una figura hecha de claridad y alegría: el hombre nuevo que buscamos, reconciliado con el sufrimiento, hermanado con el dolor, peregrino hacia la libertad y el amor.

 

Palabras extraídas solo del primer capítulo del libro “del sufrimiento a la paz” de Ignacio Larrañaga, hacia una liberación interior, Paulinas grupo editorial latinoamericano.

 

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