Un acuerdo pre-establecido


La mañana era cálida ese Noviembre 15, el sol se asomaba tímidamente tras las montañas tupidas de niebla y pequeñas nubes que adornaban la cúspide. Toda una obra de arte, de esas comparadas a las que son pintadas con el dedo celestial. Hacía las 10 de la mañana el sol ya era lo suficientemente brillante para colarse tras la cortina que mantenía oscuro el cuarto en cuya cama aún yacía Jesús; alto de piel clara, barba tupida y ojos miel, de esos tornasol según algunas chicas que habían tenido o no la dicha de haberlos mirado durante prolongados períodos de tiempo.

Al marcar las 10:10 am rayos aventureros iluminaban tenuemente la habitación y algunos de ellos tenían su final en el rostro de Jesús, trayendolo de vuelta de ese tortuoso sueño por lo que en cuyo pecho se vislumbraban pequeñas gotas de sudor como brillantina en una piel clara… Él no tenía un buen dormir puesto que eso fue suficiente.

Al abrir los ojos, lo primero en pensar fue ¡Que mierda de sol por salir tan temprano!, seguido de su rostro y esa hermosa sonrisa, si, siempre pensaba en ella al despertar y parecía haber ganado la lotería porque al chequear su teléfono ya había un mensaje de ella: hola! Era todo lo que decía; buen día fue su mensaje pero no hubo respuesta… ya no la habría más.
Saray era la chica diferente, de cabello negro rebelde y hermosa sonrisa, de cálidos abrazos y ojos oscuros… era la chica que con el cruce de unas pocas palabras hace ya poco más de un año había logrado capturar la atención, los pensamientos y el corazón de un hombre frío y desconfiado, pero ella fue su acuerdo… ella fue su destrucción.

Las cosas entre ambos no iban muy bien, estaba presente esa pequeña espina, esa inquietud que tiene el alma pero que el cuerpo no ve, no encuentra, no entiende, pero ahí está. Jesús era de las personas que aún teniendo todo en contra sonreía y se decía que todo saldría bien; ¡Todo saldrá bien!, y no lo hacía como medio para convencerse de un fin, no, él de verdad tenía plena fe en esas palabras.

Cuando el reloj marcó las dos de la tarde, hasta de manera inerte, marcó su número y espero, cada tono se convertía en una tortuosa espera, ya nada callaba los demonios en su interior… ni siquiera al ella contestar, todo había acabado, ella lo acabó… Él sólo pensaba en las promesas ahora vacías, eran tantas… en los besos faltantes, en las palabras no dichas.
¿Acaso en esos momentos oscuros en los que el alma y corazón de unos prevalece sobre aquél que se rompe ninguno de los hermosos momentos que se vivieron juntos viene a la mente?.

La mente es un gran misterio, es capaz de hundir una trágica experiencia y filtrarla con el único fin de mantener el espíritu intacto de quien posee así como también es capaz de traer de nuevo a los recuerdos más usados uno viejo, uno importante, uno en el cual Jesús pensaba mientras el pitido del otro lado de la línea dejaba más que sobre entendido que la llamada había terminado, que todo había acabado, que ya nada sería igual.

No recuerdo el día exacto en el que sucedió; ella apunto su arma contra su pecho pero era yo quien la sujetaba, y, yo apunté mi arma, mi propio arsenal destructivo conmigo mismo y cedí su control a ella, puesto que ese mismo día le hice saber que una vida sin ella a mi lado no tendría sentido.

Ahora, en el presente, aquí de pie aún con el auricular del teléfono en mi oído no siento nada más que una línea caliente entrando en mi corazón y destruyendo todo a su paso.

¿¡Ella disparó!? Eran las palabras que constantemente se repetían en mi mente, ella no valoró esto lo suficiente que lo arrojó al depósito de basura de una manera cruel y despiadada.
Ella disparó, consciente o inconscientemente éste disparo ha jodido todos y cada una de mis emociones, mi manera de sentir. Ese disparo ha regado el hielo en mi ser arrojándome a una oscura habitación de la cual no tengo control, en la cual ellos me controla a mí.

Hoy por hoy me he dado cuenta de que la bala jamás salió, de que yace igual que excalibur en mi corazón esperando alguien la retire; solo que yo me encuentro oscuro, frío, desorientado y hundido en la habitación más profunda de mí ser, esa habitación en donde en condiciones normales me habría negado a ir… pero ahora que estoy aquí no veo otro camino que no sea arriba.

¡Debo salir de aquí, sólo que siempre sabré que fue ella quien rompió nuestro acuerdo establecido!,

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