La rubia del bar


 

Fue un sábado pero no recuerdo cual, una discoteca pero no recuerdo su nombre, estaba galantemente sentado en una silla, la mesa circula y esquinada con amigos en busca de acción; la rubia inundaba la habitación; el gran reto peo ya me estaba aburriendo hacer siempre lo mismo ¿Tenía que probarles a ellos o a mí que podía?, la morena… una mirada, atisbo de sonrisa por su parte y me lancé a la cacería.

Le hice la señal al barman para dos tragos, no hubo duda alguna ¡Debía hacerlo!, coqueteo descarado, susurros al oído. Sonrisas, mordeduras de labio… silencio total.

La rubia, sí, esa rubia que inundaba antes la habitación caminaba con la seguridad y confianza que yo había perdido, dotada de una mirada decidida y un aura temible, ¡Una mujer indomable!, o, como lo vi, una chica que sabe lo que quiere.

Miró a la morena, ¡Mí morena!, una simple pero decidida mirada, un susurro al oído y vi como entrelazaron sus dedos y se la llevó.

Fui cazador y terminé siendo sólo un espectador en una verdadera cacería, no antes, claro, de ver como pasaba su feroz lengua a través de la tierna boca de la morena, palmando su trasero y viéndome de reojo, dándome a entender que ella, había ganado.

Al levantar el trago había una inscripción gastada pero aún legible: “Cuando sabes quién eres, no tienes nada que probar”.

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2 thoughts on “La rubia del bar

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